Existen procesos neurobiológicos, psicológicos y sociales que nos predisponen a buscar patrones donde no los hay.
Las creencias suelen ser versiones alternativas de la realidad que suelen ser más emocionales, intencionadas y satisfactorias que la verdad ambigua, a veces aburrida, y muchas veces caótica que entrega el mundo. Los relatos son tan atractivos y emocionalmente satisfactorios que no necesitan pruebas.
Generalmente son interpretaciones que no cuentan con evidencia verificable, y a menudo se basan en coincidencias, prejuicios, o errores de interpretación.
La ciencia está basada en observación y experimentación, explica sucesos observados y ofrece un marco teórico para predecir nuevos acontecimientos, además de contar con la revisión crítica de la comunidad científica.
Les creencias no predicen, no se someten a prueba, y no se ajustan cuando aparecen nuevos datos, son relatos cerrados, que generalmente responden a una necesidad muy humana que es la de encontrar sentido y orden, y resulta más reconfortante que una verdad-realidad regida por el azar.
Las personas necesitamos creer, queremos creer, no porque somos ingenuos, sino porque el mundo muchas veces es difícil de comprender, y el caos nos resulta difícil de procesar.
Las creencias aparecen en todas las personas, incluso en los que tienen formación científica, es una forma de razonar que nunca desaparece, solo queda suspendida por el pensamiento crítico y reflexivo, y cuando estamos cansados o emocionalmente vulnerables, es cuando reaparece este estilo cognitivo.
En resumen, las creencias no nacen de la ignorancia, sino del desconocimiento o del conocimiento incompleto, y el cerebro en este estado reorganiza lo existente en una narrativa con sentido, propósito y coherencia emocional.
“Un hombre sabio proporciona su creencia a la evidencia”. David Hume
“Lo que puede ser afirmado sin pruebas, puede ser descartado sin pruebas” Christopher Hitchens
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