Una encuesta relevó a más de 10.000 jóvenes de 16 a 25 años en 10 países y detectó que el cambio climático está causando angustia, ira y otras emociones negativas en jóvenes de todo el mundo.

La mayoría de los participantes estaban preocupados por el cambio climático, el 59% dijo que se sentía muy o extremadamente preocupado. Muchas emociones negativas se asociaron con el cambio climático; las más comúnmente elegidas fueron tres: “asustado, ansioso, enojado e impotente”. En general, el 45% de los participantes dijo que sus sentimientos sobre el cambio climático afectaron su vida diaria.
El New York Times en la misma línea publicó hace algunas semanas algunos datos que están mostrando que en Estados Unidos están aumentando las consultas psicológicas producidas por la preocupación sobre el futuro del planeta. Estas personas declaran que esto les ha provocado síntomas de depresión, ansiedad y/o deesperanza. En el año 2011 Susan Clayton y Thomas Doherty escribieron un artículo donde postulaban que el cambio climático tendría efectos negativos y significativos en la salud mental y en el bienestar de las personas.
Describieron tres tipos de posibles impactos. 1.- El trauma agudo de vivir desastres climáticos. 2.- El miedo a un futuro de posible colapso. 3.- El deterioro psicosocial producto del cambio.
Todo esto, escribieron, provocaría que la crisis climática se transforme no solo en un fenómeno de biodiversidad y geofísica, sino también, en uno psicológico y social.
La American Psychology Association (APA) describe la ecoansiedad como “el temor crónico a sufrir un cataclismo ambiental que se produce al observar el impacto aparentemente irrevocable del cambio climático y la preocupación asociada por el futuro de uno mismo y de las próximas generaciones”.
Como menciona David W. Kidner “El bienestar humano, históricamente ha estado vinculado la participación en un contexto eco-cultural que tiende a ser saludable”.
Hoy las personas declaran que pasan tiempo preocupándose por el cambio climático y alrededor de un 25% hace un esfuerzo activo para no pensar en aquello.
Necesitamos vernos con capacidad de decisión y acción, por más pequeña que sea la contribución a la solución y el cambio.
Las últimas investigaciones científicas acerca de las creencias basales nos muestran como estas afectan directamente nuestra visión del mundo.
Las creencias basales se refieren al carácter global del mundo, al mundo como un todo y no a aspectos específicos dentro de él. Son automáticas (rápidas, subconscientes, y no reflexivas). Se refiere a creencias como que tan seguro o peligroso es el mundo, que tan agradable vs miserable, o que tan inofensivo vs amenazante entre otras características.
Si lo relacionamos con nuestra capacidad de mirar el futuro sabemos que se produce de manera consciente e inconsciente, y esta mirada es una función central de nuestro cerebro.
La memoria, la percepción, y el comportamiento no se pueden entender sin distinguir el rol central de nuestra capacidad para visualizar el futuro y anticipar lo que viene. Nuestras emociones reaccionan menos al presente, de lo que guían hacia una conducta futura.
Esto nos fortalece la relevancia de nuestras creencias basales, el conocimiento de la ciencia, y el uso asertivo de los datos en esa mirada del presente y del futuro.
“Mira al mundo cómo es y seguirá siendo lo que es, pero imagínalo como puede llegar a ser y se convertirá en aquello que está llamado a ser”
“Ser consciente de lo que está sucediendo, contar con la evidencia respectiva, ver (pese a los inconvenientes) los avances que se están logrando, y contribuir activamente como agentes de cambio a la solución, es más saludable, que catastrofizar, darle la espalda o negarlo”
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